Los muertos del gueto de Varsovia siguen «vivos» 75 años después

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A sus 86 años, Krystyna Budnicka, la única superviviente de su familia, considera un deber contar su existencia en el gueto de Varsovia para que siga «viva» la memoria de sus parientes fallecidos.

«Perdí a mis seis hermanos, mi hermana, mis padres y a cuatro esposas de mis hermanos. Me quedé sola», cuenta con voz firme y clara esta mujer menuda de pelo blanco, con ocasión del 75º aniversario de la insurrección del gueto de Varsovia.

Un año después de la invasión de Polonia en septiembre de 1939, los alemanes crearon un barrio especial para los judíos en la capital polaca. Allí encerraron a unas 480.000 personas para exterminarlas mediante el hambre y las enfermedades y deportar a 300.000 hacia las cámaras de gas del campo de Treblinka, a 100 kilómetros al este de Varsovia.

La vida empezó pronto a parecerse a una muerte lenta. Su padre «perdió toda voluntad de vivir, de luchar», cuando, un día que caminaba por la calle, los alemanes le cortaron la mitad de la barba «sólo para divertirse antes de ponerse a bailar a su alrededor», recuerda la anciana.

Sus hermanos, que tenían un don para el trabajo manual, comenzaron a ganar dinero construyendo escondites, primero para guardar pequeños objetos preciosos, y luego para ocultar a la propia gente.

«Al principio la gente, estúpidamente, quería salvar sus bienes más valiosos, pero en realidad había que salvar vidas», dice Budnicka.

– Resistencia judía –

En varias ocasiones su familia logró escapar por poco a los alemanes, gracias a dos escondites construidos por sus hermanos. Uno era una especie de trampilla invisible que permitía bajar directamente al sótano. Otro se situaba en un conducto de ventilación, oculto tras una estantería.

En aquella época, dos de sus hermanos fueron detenidos en redadas y enviados a Treblinka.

Para salvar a su familia, quienes seguían libres construyeron un búnker con acceso a agua potable y electricidad y un paso hacia las alcantarillas que llevaban hacia la parte aria (no judía) de Varsovia.

En ese refugio imperaba una disciplina militar. «Sustituimos el día por la noche para no hacer ruido y evitar cualquier movimiento», explica Budnicka.

«Ya sabíamos que estábamos condenados a muerte y era nuestra única oportunidad de supervivencia. No teníamos conocimientos, dinero ni una apariencia ‘apropiada’, no teníamos ninguna posibilidad de salvarnos en la parte aria de la ciudad», dice.

Toda su familia bajó al búnker en enero de 1943 y permaneció allí durante nueve meses.

«En ese búnker, vivía en una especie de letargo, mis funciones vitales estaban como apagadas, mi organismo funcionaba únicamente para sobrevivir», cuenta.

El 19 de abril de 1943, los alemanes lanzaron la operación de liquidación del gueto donde se seguían ocultando unos 60.000 judíos. Quemaron los edificios del barrio para obligar a los supervivientes a salir de sus escondites.

La insurrección estalló entonces. Cientos de combatientes judíos atacaron a los nazis para morir empuñando las armas en vez de hacerlo en una cámara de gas. Sus hermanos, que formaban parte de la resistencia judía ZOB, emprendieron la lucha.

«Se disponían a morir para no dejarse atrapar, querían morir en combate», asegura la anciana.

«Los alemanas incendiaban las casas, una tras otra, todo el gueto ardía, era como un horno grande».

Cuando hizo demasiado calor, la familia bajó a las alcantarillas. Pero los alemanes entendieron que había gente escondida allí y empezaron a tirar gases lacrimógenos.

– Los hijos del Holocausto –

«El único hombre que conocía la topografía de las alcantarillas era mi hermano de 13 años, pero ya era un hombre y fue él quien nos guió, quien me salvó», recuerda Budnicka.

Demasiado agotados para seguir adelante, sus padres y su hermana decidieron permanecer en las alcantarillas para esperar una ayuda que jamás llegó.

Krystyna, su hermano y la mujer de uno de sus hermanos lograron salir de bajo tierra con el respaldo de una organización judía polaca, que se ocupó de ellos.

Su hermano menor murió a causa de una septicemia dos semanas después.

Durante años, Krystyna Budnicka, que se convirtió en una profesora de educación especial, huyó de esos recuerdos. Pero cambió de opinión tras la creación de la asociación «Los hijos del Holocausto» en 1991.

«Pensé que contando su historia les erijo un monumento [a mis familiares]. Mientras se cuente esa historia, ellos seguirán vivos».

Fuente: AFP

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