La crispación va en aumento en las calles de Cataluña

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Con una Cataluña dividida en dos sobre la independencia, la crispación va en aumento con discursos cada vez más agresivos en el Parlamento, trifulcas entre partidarios y contrarios a la secesión y vandalismo.

«Existe una violencia latente, una violencia que se palpa en el ambiente pero que no suele llegar a la violencia física, que además va +in crescendo+», advierte Sonia Andolz, politóloga especialista en análisis de conflictos en la Universidad de Barcelona.

«Está subiendo el tono de las palabras, hay enfrentamientos entre personas que se empujan o se insultan, se normaliza un cierto discurso de odio contra el otro, los que quieren la independencia son golpistas y los que no la quieren son fascistas…», añade.

Las últimas semanas esta región de 7,5 millones de habitantes vive una guerra de símbolos entre independentistas que llenan calles, edificios o playas de lazos y cruces amarillas, color de protesta por el encarcelamiento de sus líderes, y unionistas que los retiran.

A principios de mes, la policía se interpuso entre dos grupos en Barcelona para evitar un enfrentamiento y la última semana en Canet de Mar, 40 km al norte, tres independentistas resultaron heridos cuando un grupo de encapuchados destrozó un cementerio de cruces amarillas en la playa.

El domingo, una protesta similar tuvo lugar en la cercana Mataró, mientras en Barcelona unos participantes en una manifestación unionista agredían a un policía para que retirara un lazo amarillo colgado del ayuntamiento y después llenaban la playa de banderas españolas.

La batalla llegó incluso al Parlamento regional, donde la sesión se interrumpió el viernes porque el portavoz del principal partido antiindependentista, Carlos Carrizosa, de Ciudadanos, retiró un lazo amarillo de un escaño.

– Ataques a sedes políticas –

La creciente tensión en Cataluña se agudizó en otoño con las duras cargas policiales del referéndum ilegal del 1 de octubre, el encarcelamiento de algunos líderes independentistas y la fallida proclamación de una república rechazada por la mitad de la población.

Las manifestaciones de ambos bandos se multiplicaron a la par que la extrema derecha, residual en España, incrementaba sus acciones, dejando un reguero de agresiones contra independentistas.

También las protestas separatistas, pacíficas hasta entonces, se crisparon y terminaron en marzo con duros enfrentamientos con la policía.

Esta tensión la notan los partidos políticos, que denuncian actos de vandalismo, desde pintadas a destrozos de cristales.

La oficina de Ciudadanos en L’Hospitalet, el segundo municipio catalán, sufrió 13 ataques desde 2015, denuncia su responsable Miguel García. En varias de ellas, llenaron la entrada de heces de animal.

«Es una señal más de la crispación que se vive en Cataluña, hay gente que no tolera nuestras ideas», afirma García. «Es denigrante», lamenta.

Su formación contabilizó una treintena de acciones de vandalismo en el último año, cantidad similar a las registradas por el Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC).

Los partidos proindependencia también sufren actos similares, pero no llevan un recuento para no convertir «hechos puntuales en categoría», señala una fuente del partido Izquierda Republicana (ERC).

«Algunos quieren hacer creer que la sociedad catalana se radicaliza y utiliza la violencia, pero no es cierto», asegura David Bonvehí, del partido de Puigdemont, el PDeCAT, que el lunes también se encontró con una sede en Barcelona cubierta de heces.

– El síndrome de la rana hervida –

En un artículo en La Vanguardia, el escritor Antoni Puigverd hacía un símil con el síndrome de la rana hervida: si se pone la rana en agua hirviendo, huye; si el agua está tibia y se calienta lentamente, la criatura no lo aprecia y muere hervida.

«Esta violencia de muy baja intensidad, estas gamberradas, estos choques rituales (…) son el agua tibia en la que se está bañando la rana catalana mientras pretende ignorar que el fuego de la división sigue encendido y cada día la temperatura sube un pelín más», escribía.

Sonia Andolz, con experiencia profesional en los Balcanes y Oriente Medio, descarta la generalización de la violencia física, pero advierte que esta situación «es más peligrosa de lo que parece».

«Al final, en los conflictos, la violencia física es la peor pero la más fácil de parar. La cultural, el odio que queda, se mantiene y esto debería preocupar mucho», explica.

Fuente: AFP

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