La ciudad siria de Jan Sheijun sigue bajo el impacto de un ataque químico

[vc_row el_class=»post-content»][vc_column][vc_column_text]

Este año, el 4 de abril, Abdelhamid Yusef no celebrará el aniversario de su boda. En una casa vacía, donde vive solo, recordará a su mujer y a sus dos hijos, muertos en un ataque químico en la ciudad siria de Jan Sheijun el 4 de abril de 2017.

Un bombardeo aéreo con gas tóxico atribuido al régimen de Bashar Al Asad dejó 80 muertos, 30 niños entre ellos. Este ataque en Jan Sheijun es uno de los más atroces que sufrió Siria, incluso para un país devastado desde 2011 por una sangrienta guerra que ha causado 350.000 muertos.

Ese bombardeo provocó además una inédita réplica de Washington, aunque el régimen de Damasco desmintiera toda responsabilidad. Días después, Estados Unidos lanzó 59 misiles de crucero contra una base siria de la que, según el Pentágono, habrían despegado los aviones.

«Se me ha privado de parte de mi cuerpo, de mi alma. Mi vida no tiene sentido, tras haberlos perdido», dice Yusef, joven viudo de 29 años, de fino rostro, en el jardín de su casa vacía.

Una foto del joven padre, portando los cuerpos sin vida de Aya y Ahmed, sus dos gemelos de 11 meses, dio la vuelta al mundo, generando una profunda conmoción.

Además de perder también a su mujer, con quien se casó un 4 de abril, vio morir a varios familiares: un hermano, sobrinos y primos. En total, 19 personas. Su sed de venganza es inagotable.

– «Criminal en libertad» –

«No voy a olvidar el pasado mientras el criminal esté libre», dice Yusef entre sollozos. «Bashar al Asad debe rendir cuentas», sentencia.

Otros de los supervivientes de aquel ataque es Ahmed al Yusef, de 20 años, que perdió a sus padres y a sus dos jóvenes hermanos, Mohamed y Amar.

La jornada del 4 de abril permanecerá para siempre grabada en su memoria: su madre, que lo despierta para que vaya a rezar, y él, que se dirige a las tierras de su abuelo, pero vuelve rápidamente a su calle tras el bombardeo. Y un vecino, sentado en el suelo, tembloroso e incapaz de hablar, pero que lo mira fijamente.

«No puedo olvidar ese día, ninguno de sus detalles. Era un infierno» dice Ahmed, que se encarga ahora, solo, del supermercado familiar. «He perdido a mi familia, lo que más quería en el mundo. Hoy estoy solo, no los olvido jamás, cuando salgo o vuelvo a mi casa siempre están ahí, frente a mí», dice.

Estas últimas semanas, el régimen ha sido nuevamente acusado de presuntos ataques químicos en territorios rebeldes. Una vez más, Estados Unidos y Francia han esgrimido la amenaza de represalias. Pero los habitantes de Jan Sheijun no se hacen ilusiones.

«Ya nada me alienta a seguir viviendo» dice por su lado Mohamed al Jawhara, un joven rubio de ojos azules, que perdió a sus padres, a un sobrino y a varios primos. «Fue un choque. Tu alma no puede soportar verlos morir a todos en un solo día», se lamenta este estudiante de 24 años, que quiere ser profesor.

– La debilidad del mundo –

Ante la falta de reacción de la comunidad internacional, también él es incapaz de esconder su frustración.

«En aquel momento, pensábamos que Bashar Al Asad estaba acabado. Teníamos la esperanza de que fuera juzgado y que rindiera cuentas. Creíamos que los mártires habían muerto por el bien del país, que la guerra en Siria iba a terminar», recuerda.

«Desgraciadamente, el mundo hizo declaraciones y más declaraciones, pero al final, demostró su debilidad. Y no ha pasado nada con Bashar Al Asad».

Fuente: AFP

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Te puede interesar