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«Desde que sabíamos andar nos traían aquí», recuerda Enrique Vázquez de Prada frente a la virgen de las Angustias. Como él, miles de habitantes de Valladolid, en el norte de España, están listos para la Semana Santa, una fiesta que tiene mucho de familiar.

Desde este Domingo de Ramos y durante toda la semana, cientos de procesiones que recrean la pasión y muerte de Jesucristo recorrerán las calles de pueblos y ciudades de España. Las de Valladolid y Sevilla figuran entre las más conocidas, por el valor artístico de sus esculturas de madera.

Las marchas son organizadas por cofradías católicas, compuestas de hombres y mujeres que en las semanas previas preparan con esmero las imágenes que habrán de desfilar ante fieles y curiosos. Tienen su equivalente en los países latinoamericanos, donde como cada año habrá cientos de procesiones esta Semana Santa.

En la vallisoletana iglesia de las Angustias reina un ambiente eléctrico la noche del Viernes de Dolores, dos días antes del Domingo de Ramos.

Envueltos en el incienso y los cánticos, los cofrades preparan el rito previo a la semana grande: bajar de su camarín la imagen sagrada, que procesionará por las calles el Martes y el Viernes Santo.

Con un cuidado milimétrico, doce integrantes de la hermandad levantan a pulso esta talla del siglo XVI y la entregan a otros siete miembros vestidos con el tradicional hábito de la casa: peto rojo y túnica de terciopelo azul marino.

Tras recorrer el templo, y ante decenas de fieles, la imagen, una virgen dolorosa de gesto desfallecido, es colocada sobre un podio y con su corona dorada para un besapié.

En el proceso tienen un destacado papel los Vázquez de Prada, que «desde que nacen son de las Angustias», cuenta Belén Heredero, esposa de Jaime, tesorero y uno de los nueve hermanos de la saga.

Rodeada de hijos y nietos, cuenta la matriarca, Nisa Palencia, de 90 años, que se unió a la hermandad por su marido, vinculado a ella «desde el primer momento de su vida hasta el último».

Siente un «cariño tremendo» por esta imagen tallada por Juan de Juni, quien según la leyenda se inspiró de la enfermedad de su hija. Y más allá de la Semana Santa, señala que en la familia es costumbre presentar a cada recién nacido a la virgen y casarse en su presencia.

«No recuerdo ser pequeño y haber vivido una Semana Santa fuera de las Angustias. Desde que sabíamos andar nos traían aquí», apunta su hijo Enrique, de 47 años, uno de los más de veinte Vázquez de Prada que procesionarán este año.

«No eres solo tú, es toda tu familia. Yo espero inculcárselo a mis hijos», añade su sobrina Carlota, de 23.

Los Vázquez de Prada no son los únicos. En la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Carmen Álvarez explica que se hizo hermana por su marido, y que «es una ilusión de la que no me he arrepentido para nada». Actualmente es una de las seis «camareras» encargadas de limpiar los altares y la platería.

Observa con orgullo a su hijo Carlos Monsalve, de 30 años, que durante los preparativos ayuda a colocar la cruz en los brazos del cristo que da nombre a la cofradía. Y aprecia mucho esa «forma de compañerismo» en que consiste el cotidiano de la hermandad.

«Entre los comisarios (los jóvenes que llevan a hombros la carroza con el cristo) hay mucha amistad, llevamos 10 ó 12 años cargando», abunda Carlos.

Como en las Angustias, en esta hermandad bajaron su imagen principal del retablo el Viernes de Dolores, un rito preñado de significado para muchos.

«Yo ayer, cuando bajábamos al nazareno, estaba viendo a mi padre», ya fallecido, dice emocionada la camarera mayor, Carmen Sáenz de Santamaría, tía de la vicepresidenta del gobierno español, Soraya Sáenz de Santamaría.

– Distinta de la de Sevilla –

Visitada el pasado año por más de 42.000 personas, según el ayuntamiento, la Semana Santa vallisoletana destaca por su sobriedad. Por ejemplo, a las imágenes no se les cantan saetas, un canto religioso a capella que sí es muy popular en Andalucía.

«Nos mueve la misma fe, pero se manifiesta de diferente manera», dice José Luis Miguel, de 82 años y archivero de la Vera Cruz, la hermandad más antigua de Valladolid (s. XV).

Ufano, muestra en la iglesia de su cofradía las figuras de Gregorio Fernández, maestro de la imaginería castellana conocido por los pliegues angulosos que lucen los ropajes de sus esculturas.

Su favorita, y tal vez la más célebre de Fernández, es el Cristo atado a la columna (s. XVII), que lleva «ojos de cristal, dientes de marfil y uñas de asta de toro».

«Te pongas donde te pongas, el ojo está hecho de forma que el Cristo te mira siempre», advierte al visitante.

Fuente: AFP

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