El País Vasco cura sus heridas

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Iván Ramos se cruza a menudo con el homicida de su madre en Portugalete, la ciudad vasca donde fue asesinada por próximos a ETA. En tanto, Encarni Blanco nació a pocos kilómetros de allí y la siguen persiguiendo los recuerdos de las torturas policiales.

Aunque desde campos opuestos, ambos aspiran a la paz, una perspectiva cada vez más cercana ante la inminente disolución de la organización separatista ETA y una conferencia internacional sobre el proceso de paz el 4 de mayo en el suroeste de Francia.

Él, de 44 años, trabaja en la siderurgia. Ella, de 59, está encargada de las relaciones con los clientes en una compañía de seguros.

– Ni odio, ni rencor –

«Yo soy de las primeras víctimas que han convivido con los asesinos de mi madre», dice Ramos, calvo, corpulento y atlético, sentado en un bar que antes formaba parte de la sede del Partido Socialista del municipio industrial de Portugalete.

Detrás de él hay un mural con un parte del Guernica, la obra antibélica de Picasso, y la cifra «1987», el año en que su madre Maite Torrano, militante del Partido Socialista entonces gobernante en España, fue asesinada en ese lugar.

Era un 25 de abril e independentistas próximos a ETA lanzaron adentro siete cócteles molotov que hirieron a su madre y causaron su muerte días después. Él sólo tenía 13 años.

Durante un tiempo, Ramos abandonó su municipio de 47.000 habitantes pero volvió para fundar una familia, como también hizo uno de los autores del homicidio tras salir de prisión.

Al principio, sufrió su acoso en forma de amenazas o seguimiento por la calle. Y cuando eso terminó, tuvo que aprender a convivir con su presencia.

«Bajo a la piscina y él está en la hamaca de al lado (…) Vamos al parque y su hijo juega en el mismo que mi hijo», dice.

Aprendió a conllevarlo con la ayuda psiquiátrica y ahora tiene algo muy claro: a su hijo de ocho años, que todavía no sabe cómo murió su abuela, no le explicará quién la mató. «No le quiero transmitir ningún odio, ningún rencor».

Este tipo de situaciones puede multiplicarse en el País Vasco, esta pequeña región norteña de 2,2 millones de habitantes, donde verdugos y víctimas tienen complicado evitarse.

Las salidas de prisión aumentan y podrían acelerarse ante el anuncio inminente de disolución de ETA, previstos para principios de mayo. A Iván le inquieta: «No se está preparando a las víctimas para esto», advierte.

Él participa en reuniones organizadas por el gobierno vasco o por la Iglesia, que buscan acercar a sus habitantes hacia la ansiada «reconciliación», después de que ETA renunciara a la violencia en 2011 tras provocar más de 800 víctimas mortales.

– ‘Te derrumbas como persona’ –

En algunas reuniones acuden víctimas de ETA pero también personas con familiares asesinados por grupos parapoliciales, como los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), o torturadas por la policía por su supuesta vinculación a la organización separatista.

Personas como Encarni Blanco que, años después de que la Guardia Civil irrumpiera en su casa para llevársela a ella y su marido en 1992, todavía se despierta cuando escucha ruidos de noche.

Durante cinco días fue detenida en secreto, encapuchada, golpeada y sometida a descargas eléctricas, caso que llevó a la ONU, que criticó a España por no investigarlo.

«Al final te derrumbas como persona», dice esta mujer de cara redonda y melena rubia grisácea, de pie junto a la entrada de un bloque de pisos en el pueblo de Santurtzi, donde fue detenida en 1992 y que decidió abandonar tras años de insomnio.

«Al final, lo único que pides es ‘¿qué quieres de mí?, lo que sea, yo estoy dispuesta a hacerlo porque lo que quiero es salir de este infierno'», recuerda. «Cuando me dijeron que entraba en prisión, yo me alegré».

Ella y su marido fueron condenados a seis años de prisión por colaborar con ETA, lo que no desmiente, puesto que accedió a acoger en su casa a etarras, aunque luego nunca ocurrió.

Pero insiste en que el Estado debería reconocer lo que le hicieron a ella y a tantos otros, justo en el mismo día en que ETA reconoció el daño ocasionado y pidió perdón a sus víctimas, aunque no a las que considera legítimas, como la policía.

De acuerdo con un informe del gobierno regional vasco de diciembre, entre 1960 y 2014 hubo más de 4.100 denuncias de tortura policial.

Gaizka Fernández Soldevilla, un historiador del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo en la capital vasca, Vitoria, considera probada la muerte de unas 60 personas a manos del GAL u otros grupos parapoliciales y extrema derecha.

«Evidentemente, esto hay que contarlo, pero no hay que equiparar», advierte.

Para él, la izquierda independentista vasca intenta describir décadas de bombas y secuestros como un conflicto entre dos frentes beligerantes para justificar lo ocurrido.

Pero para Fernández «lo que ha habido es un grupo terrorista que ha matado».

– Recordar para no repetir –

Según él, es crucial enseñar el pasado en las escuelas en un país cuyos periodos más oscuros como la Guerra Civil (1936-1939) o la violencia de ETA se evitan.

«El miedo a hablar de política sigue muy presente en el País Vasco», asegura. Pero «si no conoces tu historia, es peligroso que vuelvas a repetir lo peor de ella».

Es en este sentido que se enfocan los encuentros de víctimas como Iván.

Manu Arrue es un cura jesuita activo en el proceso de reconciliación. «Estos encuentros nos ayudan a unir, a tender puentes entre las orillas del sufrimiento diverso».

Fuente: AFP

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