Bagdad, una ciudad sin visos de reconstrucción desde hace 15 años

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En Bagdad, la caída de la dictadura en 2003 despertó esperanzas de una reconstrucción prometedora. Pero, 15 años después, las obras que supuestamente iban a facilitar la vida de los habitantes de la segunda capital más poblada del mundo árabe todavía no han empezado.

En algunos barrios de esta ciudad más que milenaria, las grúas se oxidan lentamente desde la entrada de los soldados estadounidenses el 9 de abril de 2003, como si el tiempo se hubiese detenido.

La cúpula de hormigón de la faraónica mezquita tan deseada por Sadam Husein sigue abierta. Más allá, el lugar más simbólico del antiguo régimen, la rotonda antaño coronada por la estatua del dictador que demolieron los estadounidenses, todavía espera a ser remozada.

En los alrededores, los puentes, las vías rápidas y otras intersecciones de la ciudad de 900 km2 siguen llenos de baches.

En 2004 y en 2007, Washington y Bagdad movilizaron a financiadores y potencias internacionales para unas conferencias sobre el futuro de Irak. Pero tanto planes quinquenales como otras declaraciones siguen siendo, hasta la fecha, mero papel mojado.

El dinero destinado a las renovaciones suele acabar desviado en el duodécimo país más corrupto del mundo según Transparency International.

– ‘40.000 ladrones’ –

Antes de 2003, «el tesoro de la cueva de Alí Baba estaba en manos del dictador, hoy, él ha caído y 40.000 ladrones se han adueñado de la cueva», denuncia Zuheir Uasmi, un profesor de unos 40 años.

El aumento constante de la población, a causa del éxodo rural y de los desplazados que huyeron de la violencia desde 2003, y la ausencia de renovación urbana ha complicado la vida en Bagdad.

Las mismas carreteras y edificios públicos concebidos para una ciudad de 4,7 millones de habitantes en 2003 dan servicio hoy a 7,3 millones. El parque automovilístico ha explotado, pasando de 250.000 a más de dos millones de vehículos.

El consumo de electricidad, que se ha disparado con la llegada masiva de electrodomésticos, ordenadores, parabólicas y celulares sigue siendo un problema importante.

Desde hace años, los bagdadíes confían más en los generadores instalados en cada esquina por empresas privadas que en las pocas horas diarias de electricidad pública.

Si bien las infraestructuras heredadas de Sadam Husein o de la época de la monarquía siguen presentes, aquí y allá han han florecido nuevos edificios sin una verdadera planificación urbana.

Han brotado los restaurantes pero también los «malls», modernos centros comerciales con tiendas internacionales muy frecuentados por las familias, con sus parques de juegos, cines y cafés.

En cambio, en la ciudad, corazón mítico de la música o de la literatura árabes, los sitios culturales cada vez se asemejan más a vestigios de otro tiempo, faltos de renovación y de mantenimiento.

La calle Rashid, los antiguos «Campos Elíseos» de Bagdad, trazados durante la Primera Guerra Mundial, se ha cubierto «de paredes y barreras de hormigón, instaladas entre los escombros», lamenta la arquitecta iraquí-estadounidense Raya Alanie.

Desde 2003, la ciudad se ha llenado de muros de hormigón, que unos dibujos más o menos logrados han tratado de animar a lo largo de los años. Las instituciones, públicas y privadas, y también los restaurantes, los cafés y las tiendas alcanzadas por atentados fueron tapiados.

En el momento álgido de las violencias confesionales, de 2006 a 2008, las rocas y los bloques de hormigón separaban sectores en función de las comunidades.

– Ciudad dentro de la ciudad –

En la actualidad, la violencia ha disminuido enormemente pero, aunque se hayan reabierto cientos de calles, las barreras siguen provocando interminables atascos.

Las fuerzas de seguridad dejaron suficientes bloques, barreras y otros obstáculos para poder acordonar barrios en unos momentos.

Y mientras, el patrimonio ha ido cayendo en el olvido. «Es desolador, hay que renovarlo todo», explica Alanie a la AFP, recordando la edad de oro de Bagdad, «la primera ciudad que equipó viviendas con energía solar» en los años 1980, en la calle Abu Nawas, junto al río Tigris.

En la otra ribera del Tigris, detrás de las murallas de hormigón y las alambradas, emerge un islote de verde césped y largas avenidas sin tráfico, donde reina el silencio. La zona verde, en la que los estadounidenses establecieron sus cuarteles en 2003 en los palacios de Sadam Husein, está vedada actualmente a prácticamente todos los iraquíes.

Solo unos cuantos privilegiados poseen los salvoconductos para esta «ciudad dentro de la ciudad» ultravigilada, donde se encuentran las embajadas británica y estadounidense y la sede del gobierno. El resto tiene que dar media vuelta.

«Para trayectos cortos, hay que prever una hora o más», afirma Mohamad Al Asadi, de 45 años, mientras que en 2003 «circulábamos delante del palacio presidencial y nos cruzábamos con los más altos responsables sin problema».

Para el empresario Sadeq Al Shomari, «la industria, la educación, la sanidad, la agricultura… todo está peor que en la época de Sadam». Una cosa ha cambiado, sin embargo: «hoy, podemos hablar libremente e insultar a quien queramos».

Fuente: AFP

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