La adolescente cordillera Oriental sigue creciendo

[vc_row el_class=»post-content»][vc_column][vc_column_text]

Hace 145 millones de años, las rocas que hoy forman la cordillera Oriental de los Andes estaban sumergidas bajo el mar. Las primeras montañas empezaron a surgir hace unos 25 millones de años, y muchas de las antiguas rocas marinas quedaron enterradas a más de 10 kilómetros de profundidad.

Con los cambios de clima, las lluvias, la erosión, la presión y unas temperaturas mayores de 250 grados centígrados, las rocas, como plastilina, cambiaron su forma, y se inició lo que los geólogos llaman orogenia, o sea, cómo se van construyendo las montañas. Así se fue formando la cordillera Oriental, la que más ha estudiado el geólogo estructural Andrés Mora, Ph. D. de la Universidad de Potsdam (Alemania).

A pocos kilómetros de Bogotá, en los puntos más altos del páramo de Chingaza ha encontrado rocas que, de estar a 5 kilómetros de profundidad, en menos de un millón de años llegaron a ubicarse a unos 4 kilómetros sobre el nivel del mar. Todos sus estudios, de más de 20 años, han quedado plasmados en artículos científicos y en un capítulo del libro ‘The Geology of Colombia’, que prepara el Servicio Geológico Colombiano.

¿Cómo ha crecido la cordillera Oriental?

En este lugar del planeta ocurrió lo que técnicamente se denomina inversión tectónica, o sea que las rocas más profundas de la corteza terrestre se exhumaron, ubicándose en las cumbres más altas de las montañas.

Comprobarlo lo sorprendió, porque sus colegas alemanes que estudian el Himalaya, la otra gran cordillera del mundo que aún está en formación, habían encontrado expuestas a más de 5 kilómetros de altura unas rocas que hace 3 millones de años estaban enterradas a más de 15 kilómetros de profundidad.

«Es anormal e impresionante que rocas que estuvieron a profundidades kilométricas, hoy se observen en los mayores picos de relieve del mundo y que además, esto haya ocurrido en tan corto tiempo, o sea, pocos millones de años», explica Mora, en un recorrido por el Parque Nacional Natural Chingaza hasta San Juanito, en el departamento del Meta, por una carretera destapada, húmeda y fangosa. Mora ha pasado por esta vía infinidad de veces.

Cuando, en el 2003, se enteró de los resultados en el Himalaya, se acordó de lo que había visto en las cabeceras del río Guatiquía. Se impuso como meta buscar evidencias para sustentar o rebatir su hipótesis: las montañas del Himalaya y las de los Andes son extremadamente jóvenes y activas; más de lo que se pensaba. Y lo logró combinando una serie de tecnologías en laboratorios de Alemania. «Fueron resultados impresionantes», dice.

«Incluso en las cabeceras del río Humea, al este de Bogotá, los resultados indicaban que hace solamente 800.000 años, el lecho del río moderno yacía enterrado a más de 4 kilómetros?, asegura. Los niveles de erosión también lo impactaron. «Por ejemplo, el río Guayuriba había cavado un cañón de varios kilómetros de profundidad en menos de un millón de años».

La cordillera Oriental es aún una adolescente. En ciertas regiones ha estado creciendo 5 milímetros anuales en el último millón de años. «El páramo de Chingaza es una zona emblemática para ver estos procesos, porque aquí están las rocas más antiguas de toda la cordillera Oriental», dice en medio de los frailejones del páramo. Esas mismas rocas las han encontrado también en el subsuelo de los Llanos a varios kilómetros de profundidad.

La biología y la geología se nutren mutuamente

«La formación de los Andes impacta en la cantidad y distribución del agua en el subsuelo y en la superficie, en la formación del paisaje y los seres vivos que lo conforman», explica Mora. Y esa información geológica es útil para los biólogos que buscan entender la dinámica de la biodiversidad y la influencia del clima, así como para quienes buscan fuentes de agua o petróleo en el subsuelo.

«Por ejemplo, al saber cuándo y que tan rápido se formaron los Andes del norte, el grupo con el que trabajo ha entendido que hay una relación causa-efecto entre la formación de los Andes y el origen de río Amazonas». Y continúa: «Al erigirse una cadena de gran elevación en los Andes modernos, se creó uno de los drenajes transcontinentales más importantes del mundo y el más importante para la biodiversidad del planeta».

Así, la cordillera de los Andes controla la distribución de las especies en las montañas y el flujo de nutrientes hacia la Amazonia. Los Andes también actúan como barrera orográfica haciendo que las lluvias se concentren en su vertiente oriental; por lo cual además las tasas de erosión en el Himalaya y en los Andes están entre las mayores que se hayan medido en el planeta.

¿A dónde va a parar el agua que escurre de la cordillera?

Mora sostiene que gracias a que existen los Andes, una gran cantidad del agua que escurre por sus montañas no solo llega a los ríos, sino que se cuela por el subsuelo, alcanzando cientos y miles de metros de profundidad, gracias a la edad y la rapidez con que se ha levantado esta cordillera. «Es muy probable que haya enormes reservas de agua dulce en el subsuelo de la Amazonia y la Orinoquia», explica.

Y escarbando entre las rocas, los laboratorios y las más modernas tecnologías, Mora dice: «Mi aporte al entendimiento de los Andes del norte, y el de los colegas que trabajan conmigo, ha sido tener las definiciones y cuantificaciones más precisas que se conocen sobre el tiempo geológico, el estilo y la cantidad de levantamiento y erosión. Esto es esencial para entender los efectos de los procesos de formación de montañas sobre el clima, la distribución de combustibles fósiles, el medioambiente y la vida».

Fuente: El Tiempo

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Te puede interesar