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Felipe Escobar se llama el padre que hace 13 años, recién ordenado, empezó recorriendo algunas de las calles de Medellín en compañía de un médico, un odontólogo, una enfermera y algunos profesores. Todos con la firme convicción de que los habitantes de calle, las personas en ejercicio de prostitución y los travestis que conviven en el corazón de Medellín necesitaban más que un plato de comida o una merienda, un acompañamiento espiritual.

En el 2016, el padre logró que dos jóvenes arquitectos diseñaran y construyeran una capilla móvil. Este fue el inicio de una labor a la que decenas de voluntarios le ponen el corazón. El tráiler que diseñaron aquellos jóvenes tiene sonido, luz, sacristía, zona de aseo y capacidad para transportar hasta 2.000 panes y grandes tinajas de chocolate lo que lo hizo atractivo para todas las personas.

La capilla que cuenta con una ruta ya establecida: empieza a rodar en Niquitao y se moviliza por el sector del inquilinato, cerca a la avenida Oriental. Luego va hacia La Bayadera, los bajos de la estación Prado del metro y termina en la avenida de Greiff. La jornada empieza a las 8 p.m. y termina a la 1:30 a.m.

Esta labor se encuentra frenada hace poco más de dos meses pues no se ha encontrado un lugar adecuado en el que puedan lavar y parquear la capilla móvil, por lo cual la labor se redujo solo a dos sectores: los bajos de la estación Prado del metro y la entrada del Centro Día 2 espacio de la administración municipal que brinda albergue temporal, alimentación y posibilidades de higiene a los habitantes de calle.

«Hace dos meses fui nombrado párroco en Enciso, es una loma muy fuerte para subir allá la capilla y el primer día que la llevé no había cómo parquearla en la parroquia; así que la dejé en la calle, pero me tocaron la puerta y me dijeron que tenía que pagar una vacuna de 5.000 pesos por cada noche de parqueo», cuenta Escobar, quien añade que no tiene recursos económicos para costear este cobro, más cuando la capilla queda a la intemperie, sin la seguridad que brinda un garaje verdadero.

Por eso, decidió guardarla en el Seminario, pero tampoco es posible que la traiga y la lleve cada martes. Lo que hoy buscan, tanto él como los voluntarios, es un parqueadero ubicado en el Centro, con capacidad para el tráiler de 3,15 metros de alto, en el que haya agua para lavarlo y que abra sus puertas a la 1:30 a. m., cuando terminan las actividades.

Los martes a las 9 p.m. el sacerdote empieza su labor en los bajos de la estación Prado. Tras su llegada, empiezan a acercarse habitantes de calle de todas las edades, hombres y mujeres, incluso menores de edad, quienes buscan una oración. También se acercan vendedores ambulantes, con sus carritos cargados de termos con café, cigarrillos y dulces, que piden que el sacerdote les bendiga los negocios. Él, atento y cordial, levanta su mano derecha para dar la bendición. Brinda abrazos, sonrisas y palabras de apoyo a las personas que lo rodean.

Mientras tanto, el grupo de voluntarios entrega de manera ordenada el pan y el chocolate. Ese es el gancho que encontraron para llamar la atención de las personas, pero en el fondo la intención es otra. Así lo explica Laura Erazo, una joven de 28 años, administradora de empresas y analista en una importante compañía de la ciudad. Hace tres años llegó por primera vez a la obra social y no quiso retirarse.

«Desde la primera vez que vine, sentí que la misión principal es la evangelización y lo hacemos por medio del pan, del chocolate, que es algo corporal necesario, pero el alimento que más interesa es el espiritual, compartir con ellos, poder escucharlos, mirarlos sin rechazo», expresa la joven.

Fuente: El Tiempo

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